Es legítimo preguntarse por qué esta vez debiera ser diferente. Por qué la Estrategia Biobío 2050, impulsada por el gobernador Sergio Giacaman y articulada técnicamente por la Corporación Desarrolla Biobío, sí podría convertirse en una hoja de ruta capaz de trascender gobiernos, autoridades y ciclos políticos, cuando nuestra región ya ha conocido otros ejercicios de planificación que no han logrado sostenerse en el tiempo. De hecho, esa fue una de las primeras preguntas que nos hicimos antes de diseñar cómo articular este proceso. Porque hay una premisa tan simple como vigente: si seguimos haciendo lo mismo, si seguimos actuando de forma cortoplacista, si no logramos de una vez por todas planificarnos a largo plazo, no podemos esperar resultados diferentes.
No se trata de desconocer los problemas de hoy: son reales y hay que resolverlos. Pero si no nos planificamos, el próximo año volveremos a estar resolviendo los mismos problemas urgentes, uno detrás de otro. En cambio, cuando nos planificamos, nos adelantamos: podemos prever lo que viene y actuar a tiempo.
Sabemos que muchas estrategias no fracasan por su diseño, sino en el momento de implementarlas: los acuerdos pierden fuerza, cambian responsables y prioridades, y lo que convocó voluntades termina convertido en un documento más. Por eso, Biobío 2050 se está construyendo sobre una gobernanza amplia, concebida para sostenerse en el tiempo y fortalecer progresivamente la legitimidad del proceso: no desde la mirada de un sector en particular, sino buscando construir una visión compartida para toda la región.
Hoy estamos cerrando la segunda fase, en la que ya definimos los ejes de cada pilar, junto con sus acciones de corto, mediano y largo plazo y sus correspondientes líderes, que acompañarán las siguientes fases. Ahora comienza una nueva conversación: la de mirar todo esto en conjunto, incorporando también al sector público y a los municipios.
Por eso quisimos que Biobío 2050 se construyera de otra manera. Y el trabajo desarrollado hasta ahora entrega señales prometedoras de que estamos avanzando en esa dirección.
Lo vemos en la alta y constante participación que han tenido las sesiones; en la amplitud de actores que se han ido incorporando al proceso; en el involucramiento directo de los principales referentes de cada sector, que han asumido personalmente esta responsabilidad; y en el entusiasmo con que se han planteado, debatido y defendido distintas ideas. Porque construir una visión compartida no significa pensar todos igual, sino ser capaces de transformar miradas diversas en acuerdos que la región pueda sostener en el tiempo.
Nuestra convicción es que quienes han participado incansablemente en la construcción de Biobío 2050 serán también sus principales custodios: personas e instituciones capaces de resguardar sus acuerdos y darles continuidad frente a los inevitables cambios de autoridades políticas, académicas y privadas.
Biobío 2050 tampoco pretende ser un plan escrito en piedra. Queremos que sea un instrumento vivo, sujeto a revisión y actualización permanente, capaz de adaptarse cuando cambien las condiciones, sin perder la visión compartida que la región haya definido.
Nadie puede garantizar hoy que una estrategia proyectada hacia 2050 tendrá éxito. Sería irresponsable hacerlo. Pero sí podemos construir las condiciones para aumentar sus posibilidades: participación, amplitud, liderazgo, compromiso y una gobernanza que trascienda a quienes circunstancialmente ocupan determinados cargos.
Quizás ahí esté la principal diferencia. Biobío 2050 no busca pertenecer a una autoridad ni a una institución. Busca pertenecer a la región. Y mientras más actores se sientan responsables de construirla, implementarla, custodiarla y actualizarla, mayores serán las posibilidades de que esta vez el futuro que imaginemos juntos no termine archivado.

