Por Danny Baesler, gerente (s) de Desarrolla Biobío.
Hablar hoy de Marca Región puede parecer, para algunos, un ejercicio cosmético. Un logo, un eslogan o una campaña más. Pero esa mirada se queda corta. Lo que el Biobío ha iniciado no es un trabajo de imagen, sino un proceso profundamente estratégico: la decisión de pensarse, ordenarse y proyectarse al mundo desde lo que realmente es.
Las regiones que logran dar saltos de desarrollo sostenido no lo hacen solo por disponer de recursos naturales, infraestructura o capital humano. Lo hacen porque saben contar su historia, porque son capaces de articular un relato compartido que dé coherencia a sus vocaciones productivas, sociales y culturales. En un mundo que compite por inversiones, talento y atención, la identidad también es una ventaja competitiva.
El proceso de construcción de la Marca Región del Biobío parte de una premisa clave: no se diseña desde una oficina ni desde un escritorio en Santiago. Se construye escuchando. Por eso, el denominado “hito cero” —recorrer las provincias de Concepción, Arauco y Biobío para recoger miradas, relatos y aspiraciones— es mucho más que una etapa metodológica. Es una señal política y territorial: la marca no se impone, se reconoce.

Esta lógica cobra especial relevancia en una región diversa, compleja y con historia. El Biobío es industria, pero también es innovación; es tradición productiva, pero también transición energética; es logística, exportaciones y puertos, pero también comunidades, identidad local y memoria. Ordenar esa diversidad en un relato coherente es una tarea tan desafiante como necesaria.
En los últimos meses, este esfuerzo ha ido acompañado de acciones concretas que refuerzan su credibilidad. La atracción de delegaciones e inversionistas internacionales, el posicionamiento del potencial productivo y exportador, y el énfasis en la descarbonización muestran que el relato no es aspiracional, sino respaldado por hechos. En ese sentido, herramientas como la plataforma Mira Biobío marcan un estándar distinto: hablarle al mundo con datos, con indicadores, con evidencia. Medirse para mejorar no es solo una consigna; es una forma de gobernanza moderna.
La articulación con Fundación Imagen de Chile y la estrategia de Marca Chile también es una señal relevante. No se trata de competir con la marca país, sino de complementarla, de darle profundidad territorial a un relato nacional que necesita regiones fuertes, reconocibles y confiables.


Todo esto dialoga con una mirada de largo plazo: el horizonte del Biobío 2050. Pensar la Marca Región sin una visión de futuro sería un error. Aquí, en cambio, se la concibe como una herramienta para ordenar prioridades, alinear esfuerzos público-privados y proyectar una hoja de ruta compartida. No para hoy, sino para las próximas décadas.
Tal vez el mayor valor de este proceso radique en su carácter colectivo. La Marca Región no es —ni puede ser— el proyecto de una sola institución. Es una construcción del Biobío para el Biobío. Y en tiempos de fragmentación, esa invitación a reconocerse en un relato común es, en sí misma, una apuesta por el desarrollo.
Porque, al final del día, las regiones que saben quiénes son también saben hacia dónde quieren ir. Y el Biobío ha decidido empezar por lo más importante: definir su identidad para convertirla en estrategia.



